20.7.05

Mesa redonda: «Represión política en el franquismo»

Intervención de Rubén Vega (historiador) el 11 de julio del 2005, día de actividades organizado por la Sociedad Cultura Gijonesa dentro de la carpa de Radio KRAS en la Semana Negra de Gijón


Afirma Paul Preston, refiriéndose a la represión franquista durante la Guerra Civil y la inmediata postguerra, que el terror es una inversión a largo plazo. Alude con ello a cómo el formidable tributo de sangre y lágrimas con el que la dictadura se impuso sobre la mitad del país le sirvió luego para ofrecer un rostro menos brutal. Quizá por eso, algunos teorizaron sobre el carácter autoritario (en contraposición a totalitario) del Régimen franquista. Demostrada su capacidad para el exterminio, no era preciso seguir matando para que todos supieran que ese era un riesgo cierto. Y, a la sombra de la Guerra Fría, la “democracia orgánica” podía hacerse pasar por una dictablanda, no tan dura en realidad.

Sin olvidar que Franco todavía sacrificó cinco vidas apenas dos meses antes de que se extinguiera la suya y que el rostro brutal del Régimen era patente para cualquiera que fuera a parar a sus siniestras comisarías o no fuera capaz de esquivar los “disparos al aire” o de correr lo bastante deprisa delante de los grises, tampoco podermos desconocer que las formas y la intensidad de la represión se habían atenuado con el tiempo.

Y, sin embargo, el miedo no se disipaba. La pervivencia de la dictadura se asentaba en parte sobre aquella primigenia “inversión de terror” que, si era tiempo pasado en cuanto a los hechos, seguía siendo presente en cuanto a su traumático recuerdo. Hasta el punto de que ese miedo todavía es perceptible hoy en día. Basta ver la actitud de muchos de los familiares de víctimas que yacen en fosas comunes. Han tenido que ser los nietos quienes reivindicaran la dignidad de sus mayores asesinados.

Pero, al mismo tiempo, existe un reverso de la reflexión de Preston. Si el miedo es una inversión a largo plazo, a menudo la memoria de las víctimas es aún más persistente y se revela a la larga extraordinariamente poderosa. Lo estamos viendo por todas partes. Los muertos de la represión son muy difíciles de enterrar. Resurgen una y otra vez con una fuerza que quienes pretendieron aniquilarlos borrándolos de la faz de la tierra no saben cómo combatir. Como si la muerte y el dolor los hubiera hecho invencibles.

Esa es, de forma muy evidente, la resultante del Holocausto. El plan de exterminio más formidable y despiadado que pudiéramos imaginar acabó por convertir a sus víctimas en parte de todos nosotros y a los asesinos y sus cómplices en oprobiosos y despreciables cuya memoria se asocia en el mundo entero a la encarnación del mal (El horror absoluto, reza este ciclo en el que estamos participando).

Es también lo que ha quedado a la postre de aquellos milicos del Cono Sur americano que torturaban y mataban en nombre de la Patria y la civilización occidental. Los miembros de la Junta Militar argentina se han convertido en apestados en su propio país. Ya ni sus partidarios quieren acordarse de ellos y no pueden ni salir a la calle sin ser acorralados. Las madres y abuelas de Plaza de Mayo han sido a la larga más fuertes que aquellos siniestros salvapatrias. Y, por supuesto, infinitamente más valientes.

En los últimos tiempos asistimos a una constante reivindicación de la memoria de las víctimas. En el trasfondo se sitúa una reflexión acerca del derecho y el deber de recordar, la memoria y el olvido, el peso del pasado sobre el presente… y en último extremo, una dramática mirada a la condición humana y la capacidad para la barbarie. En las “torres de marfil” académicas se reflexiona y mucho sobre la memoria y el olvido, la reparación moral de las víctimas, la restitución de la verdad. Y el debate trasciende, trasladado a los medios de masas. Nuestros filósofos se asoman a las páginas de los periódicos ya sea con la profundidad de un Reyes Mate o con las boutades de “nuestro” Gustavo Bueno, cuya penosa jubilación intelectual hace triste honor al papel que un día desempeñó. Los historiadores cumplen por una vez una función socialmente reconocida rastreando las fuentes de la represión y aportando rigor a un debate tan fácilmente empañable por las pasiones. Los supervivientes se hacen presentes, a veces con la calidad de registros de un Primo Levi o un Jorge Semprún, pero muchos otros rinden testimonio con libros de memorias igualmente valiosos en lo que encierran de auténtico.

De Sudáfrica a Alemania, de Guatemala a Chile, una poderosa corriente de opinión parece haber hecho suya la máxima paulina: “la verdad os hará libres”. O, al menos, nos hará mejores como seres humanos. La empatía con el dolor ajeno, la solidaridad con las víctimas, el deber moral de la memoria han servido como motores cuya fuerza es capaz de vencer resistencias en las coriáceas entrañas de Estados, gobiernos, ejércitos y poderes fácticos. Comisiones de la verdad, peticiones de perdón, reconocimiento de responsabilidades, indemnizaciones, rehabilitaciones, reparaciones morales, conmemoraciones, “lugares de la memoria”… y un raudal de publicaciones que ofrecen el punto de vista de las víctimas, análisis de historiadores, adaptaciones literarias y cinematográficas, exposiciones.

En Argentina, antes de ser anuladas las leyes de punto final y de amnistía, se estaban promoviendo “juicios de la verdad”. Incluso si no podían ser legalmente condenados los culpables, había quiénes planteaban su derecho a conocer la verdad de lo sucedido. Un derecho individual y de la sociedad en su conjunto.

Como dicen quienes los reivindican, olvidar sería matarlos dos veces, hacer el juego a sus verdugos, que no sólo pretendían quitarles la vida sino también borrar su huella. Por fortuna, ésta se revela extraordinariamente persistente. La evidencia que emerge de todo este fenómeno de reivindicación es que la memoria y la dignidad de las víctimas es mucho más difícil de enterrar que sus cuerpos. Y en ocasiones nos es dado contemplar cómo esos muertos acorralan a sus verdugos, los convierten en apestados sociales, los estigmatizan.

El flamante presidente de Uruguay, Tabaré Vazquez, inaugura su mandato con el compromiso de investigar las desapariciones y torturas. El chileno Ricardo Lagos se dirige en discurso a la nación a propósito de un escalofriante informe con treinta mil testimonios de torturas preguntándose “¿cómo hemos podido guardar silencio durante treinta años?” y el Ejército entona un mea culpa, mientras Pinochet, a quien ya conocíamos como traidor y asesino antes de descubrirlo como ladrón, acredita su cobardía eludiendo a la Justicia con simulaciones de demencia y el antiguo jefe de su policía política, general Manuel Contreras, ingresa en prisión. Perú se revuelve incómodo ante un informe que establece responsabilidades en la violación de derechos humanos que alcanzan a sucesivos gobiernos y al Ejército, junto a Sendero Luminoso.

Argentina rectifica sus leyes de punto final y reabre casos que un día parecieron prescritos o inabordables. Vendrán muchos más procesos a partir de ahora. En Guatemala se plantea el procesamiento de un expresidente, parte activa del genocidio que combinaba la lucha contrarrevolucionaria con las masacres de indígenas, mientras recordamos el aniversario del criminal asalto a la embajada española. Sudáfrica sigue arrojando luz sobre los horrores del apartheid.

En los Estados Unidos se reabren casos de crímenes racistas tras cuarenta años y el Senado entona el mea culpa por haber tolerado los linchamientos del Ku Klux Klan. Marruecos asiste al insólito examen de conciencia que representa la aparición en la televisión pública de testimonios de las torturas durante el reinado de Hassan II (un hito que es difícil de valorar en su justa medida, pero que es, en todo caso, más de lo que los españoles hemos sido capaces de hacer nunca al respecto). Entre tanto, los rifeños nos devuelven el recuerdo de una criminal guerra colonial (es una redundancia) en la que el glorioso ejército español, comandado por africanistas de infausta ejecutoria en el Protectorado y en la península, hizo uso de armas químicas.

Corea y China se revuelven ante la propensión japonesa a minimizar en sus libros de texto las barbaridades cometidas durante las respectivas ocupaciones. Y las esclavas sexuales coreanas del imperial ejército nipón obtienen una reparación moral de reconocimiento de sus penalidades. Sri Lanka revisa las barbaridades de su larga guerra civil.

En la civilizada Europa, donde resurge el antisemitismo y crece la xenofobia, no sólo el Holocausto conmueve las conciencias. Dresde recuerda los bombardeos aliados, que arrasaron la ciudad causando treinta mil muertos civiles en una fiel imitación del patrón que la Wermach había inaugurado en Gernika y perfeccionado en sus ataques sobre Londres y Coventry.

El Vaticano se defiende con escaso éxito de las acusaciones de inhibición y tolerancia ante el genocidio nazi. En Bélgica se recuerda con una exposición el carácter criminal de su misión “civilizadora” en el Congo y la condición genocida del rey Leopoldo. El presidente francés hace examen de conciencia respecto al colaboracionismo. El premier Toni Blair, al tiempo que promueve leyes que, so capa del combate antiterrorista, le permitirían crear su propio Guantánamo, pide públicamente perdón a “los cuatro de Guilford” (la historia narrada en el filme “En el nombre del padre”) y a otros siete inocentes condenados y mantenidos a sabiendas en prisión por aquella dama de hierro de infausto recuerdo. Hoy mismo se conmemora el aniversario de la devastación de Srbrenica. En Rusia asoma la memoria del Gulag. Y alguno de nuestros domésticos terroristas de Estado reingresa en la cárcel al quedar probado en los tribunales que, además de secuestradores y asesinos, también fueron ladrones.

En España, una corriente de interés y sensibilización por los temas relacionados con la guerra civil y la dictadura franquista recorre en los últimos años a buena parte de la sociedad: asociaciones de “recuperación de la memoria” (desgraciadamente fragmentadas y mal avenidas, pero con una resonancia social inusitada) y un auténtico boom editorial de publicaciones, escritas y audiovisuales, de diverso género (historia, literatura, testimonios, exposiciones, documentales, películas) han encontrado la audiencia que nuncan antes habían tenido. No deberíamos olvidar que aquí nunca hubo una “comisión de la verdad” ni un informe “nunca más”. Tan sólo la Causa General que, apenas acabada la guerra, hizo inventario de la barbarie de las “hordas marxistas”.

Las organizaciones políticas de la izquierda, durante mucho tiempo partícipes del pacto de silencio que inevitablemente conducía al olvido, se han vuelto más receptivas. Lejos de haber activado el proceso, se han limitado a recogerlo una vez que alcanzaba ciertas dimensiones. Como tantas veces, han ido por detrás de la sociedad. Durante demasiado tiempo han considerado que su deuda con quienes en el pasado dejaron jirones de su vida, si no la vida misma, luchando por unos ideales quedaba satisfecha con pobres rituales conmemorativos de consumo interno, reducidos a endogámicos círculos cerrados de convencidos y por eso mismo esclerotizados en discursos maniqueos, letanías recitadas de memoria y viejas iconografías. Un ejercicio tan respetable como de escasa utilidad social. Pero, en todo caso, también han tomado al fin conciencia de que el silencio y el miedo han prescrito y, rotas las compuertas, las pulsiones largo tiempo reprimidas parecen verse liberadas.

La Transición que alumbró el actual régimen democrático se fundó en una ley de punto final que no sólo implicaba amnistiar en un plano de igualdad a quienes se habían amparado en el poder del Estado para violar los derechos humanos y a quienes se les habían opuesto, sino pasar página sin volver la vista atrás. Amnistía y amnesia quedaban ligadas por algo más que la etimología y la reconciliación entre los españoles se fundaba en un pacto de silencio y olvido. Así lo quisieron tanto los líderes políticos como la amplia mayoría de la sociedad española y así ha seguido siendo durante casi treinta años. Seguramente por eso en España hemos tardado tanto en plantar cara a los fantasmas de nuestro pasado. Lo que argentinos y chilenos afrontan al cabo de una o dos décadas, aquí necesitó más de medio siglo. Pero basta ver los escaparates de las librerías para comprobar que el tiempo de silencio ya se acabó.

Afortunadamente, cabría decir. Porque para las sociedades, la memoria es un factor político y su pérdida o adulteración un arma de los poderosos. Porque los dominados y reprimidos que pierden su propia memoria no se quedan sin identidad sino que adoptan la que le conviene al poder. Los recuerdos les son reimplantados hasta que llegan a ser asumidos como propios. Y uno acaba agradeciendo las libertades al rey, a un puñado de franquistas reconvertidos, a grandes figuras portadoras de elevados proyectos para quienes todos nosotros más bien pareceríamos un estorbo.

La tarea que exige el ejercicio de la memoria y la reflexión en torno a ella es ciertamente compleja. Políticamente, impone el deber de trasladar a la sociedad un conocimiento riguroso, con claroscuros y matices, que combine la autoridad moral con la veracidad, que no esté exento de autocrítica y que renuncie a empecinados esfuerzos por negar evidencias.

No se trata de ningún relativismo moral que ponga en un mismo plano a víctimas y verdugos ni de la corrección política del “justo medio” que reparte culpas por igual. En ningún caso son iguales quienes violan los derechos humanos y quienes lo instigan que quienes lo sufren indefensos o quienes tienen la grandeza de resistir. Ni tampoco los que permanecen pasivos pueden ser situados en el nivel de aquellos que, pudiendo elegir, optan por solidarizarse o denunciar.

Pero, en nuestro caso, investigar y divulgar la represión franquista no exime, sino más bien al contrario, de una mirada a los propios excesos de la izquierda, incluidos no sólo los cometidos sobre el bando enemigo sino también los producidos entre tendencias del mismo bando y aún entre camaradas de militancia, demasiadas veces sumidos en un penoso cainismo e imbuidos de culturas políticas cuyos vicios y déficits democráticos es preciso depurar y corregir si pretendemos que nos sirvan para construir algún tipo de futuro por el que merezca la pena luchar.

Lejos de debilitarnos, este enfoque nos carga de argumentos y de autoridad, precisamente por estar fundado en la verdad antes que en la fe. Pero también nos crea contradicciones porque nunca será algo para lo que todos estén preparados. El mundo es más sencillo y la realidad más tranquilizadora cuando los vemos con infantiles anteojos en blanco y negro, como una sucesión de historias de buenos y malos.

Lo cual, por cierto, nos obliga a reflexionar sobre la patrimonialización de la memoria y la legitimidad de quienes se atreven a hablar en nombre de los muertos. Y esa es una dimensión mucho más discutible. Basta pensar, por no entrar en debates políticos de nuestra propia actualidad, en el uso que el Estado de Israel se permite hacer de la memoria del Holocausto al servicio de políticas criminales. Las víctimas concitan una impresionante carga de autoridad moral, pero sus albaceas no siempre son merecedores de ese legado ni están a la altura que requiere.