5.7.05

¿Qué es ser de izquierdas hoy?

Pedro Feliciano Sabando Suárez pronunció esta conferencia el 25 de junio del 2005 en la sede, abarrotada, de la Cultural Gijonesa

[Senador por la Comunidad de Madrid. Miembro del Grupo Parlamentario Socialista (GPS). Miembro suplente de la Diputación Permanente de Madrid]

¿Qué es ser de izquierdas hoy?
Cuando estamos mediando la primera década del siglo XXI, la pregunta no sólo es oportuna desde el punto de vista teórico. Lo es desde el punto de vista de la práctica política. Y, desde luego, es necesaria, yo diría que imprescindible, desde el punto de vista cultural, ético, moral, de concepción de la vida y de la sociedad.

Es verdad que a lo largo del siglo XX, el concepto izquierda formaba parte de una gran certeza: englobaba a un conjunto de ideas, y de formaciones sociales y políticas, comenzando por los partidos socialistas y comunistas y por los sindicatos de clase, que expresaban un modelo económico, social y político alternativo al que encarnaba el capitalismo.

1936 fue un año muy importante. En Francia, premonitoriamente, León Blum pretendía sacar a la economía francesa de una depresión aplicando fórmulas Keynesianas. Londres y Washington se lo impidieron, «desaconsejándole». Sus medidas le decían que conducirían a un totalitarismo solitario y su espacio debía estar con las democracias solidarias. Blum acepto negociar con ingleses y americanos su tipo de cambiario y las medidas de acompañamiento. No pudo evitar la fuga de capitales; pero la derecha inglesa estaba satisfecha.

Poco después la «constitución de estados democráticos» definida por Emmanuel MonicK abandonará a la España republicana.

De la Segunda Guerra Mundial se había derivado un mundo bipolar: a un lado, el mundo capitalista, con sistemas políticos democráticos, basados en la democracia representativa; a otro, el mundo del llamado socialismo real, gobernado por los partidos comunistas sobre la base de lo que se dio en llamar «dictadura del proletariado». Un mundo con carencias democráticas, con sistemas controladores de la ciudadanía, con una economía estatal izada y fuertemente centralizada.

Evidentemente, al otro lado de Europa, del llamado mundo occidental, estaba el Tercer Mundo, la economía en vías de desarrollo, la miseria y el hambre de inmensos colectivos. Pero la solución a esos problemas en cierta medida universales estaba, también, en el abanico de certezas con que la izquierda europea, ya fuera comunista ya fuera socialista, había construido sus señas de identidad.

«Estado del bienestar», «economía al servicio del desarrollo colectivo», participación de los trabajadores«, »sector público potente», «fuertes y diversificadas políticas sociales», «reequilibrio social y territorial», «democracia política y social»… Tales eran los principios que alimentaban el ideario de la izquierda.

Junto a ello, se había construido en occidente un fuerte tejido de servicios colectivos. El llamado Estado del Bienestar se había hecho realidad y países como Alemania, los países nórdicos, Bélgica, Holanda, la propia Francia, Gran Bretaña, aparecían, ante amplios colectivos de ciudadanos de otros países (entre ellos, la España de los años sesenta y setenta) como paradigmas de sociedades justas, política y socialmente avanzadas. Como plasmación de los valores que encarnaban el ideario socialdemócrata.

Al otro lado, en el Este, más allá del muro de Berlín, se vivía el espejismo (subrayo el término espejismo) de una sociedad distinta e igualitaria, basada en nuevas relaciones de poder.

Cierto que era una sociedad, sin libertades, con un control férreo de la vida individual, aunque con niveles de protección social para todos. Su mera existencia era una permanente señal de alerta para el capitalismo.

De tal modo fue así que, en Occidente, las grandes conquistas sociales logradas por la socialdemocracia, por los partidos del socialismo democrático, se debieron a una conjunción de impulsos. A la lucha política y sindical de partidos y sindicatos de izquierda en los países de Europa Occidental, por supuesto. Pero también al miedo de los grandes poderes económicos hacia el comunismo: ceder en parte para evitar la hipotética revolución que se había vivido en el éste. Tal parecía ser el lema.

Ese era el mundo que la izquierda vivió hasta 1989. Un mundo bipolar, basado en la confrontación entre dos grandes bloques. Dividido en Este y Oeste. Entre socialismo real y democracias parlamentarias con poderosos sistemas de protección social.

Después de 1989, se iniciaría un proceso distinto (incluso antes, hacia 1985, con los primeros pasos de la perestroika de Gorbachov). Aquel año cayó el muro de Berlín y los regímenes que generaron los partidos comunistas fueron cayendo uno tras otro. Lo que parecía ser un gigante de acero demostró ser un gigante de pies de barro: fue el propio pueblo, que demandaba libertades en todos los terrenos, quien lo echó abajo.

Tras la caída del muro de Berlín se generaron expectativas exageradas: el neoliberalismo pensó que había caído el enemigo principal de la aplicación de sus principios más conservadores y restrictivos de los derechos sociales. La socialdemocracia pensó que se abrían nuevas posibilidades de desarrollo de una política de progreso, socialista y democrática.

Sin embargo, no tardaríamos en darnos cuenta de que quien acertaba en el diagnóstico era el neoliberalismo y las fuerzas de la derecha. Utilizando una figura gráfica, podríamos decir que «el muro se les cayó encima a los partidos comunistas, pero los cascotes acabaron cayendo, también, sobre la socialdemocracia».

En ese momento cristalizó y se hace explicito un sombrío escenario. La Unión Soviética muestra su fracaso económico y político; figuras importantes de la socialdemocracia quiebran las trayectorias de sus formaciones; las experiencias tercermundistas fracasan con disfunciones y la vigorosa efervescencia del pensamiento de la década de 1.970 desaparece. La crisis de identidad está servida se anuncia un periodo de «vacas flacas» en el pensamiento y en la practica política de la izquierda.

El neoliberalismo, se planteó un proceso de reducción de las conquistas sociales que sindicatos y partidos de izquierda habían logrado en décadas anteriores. El poder económico ya no tenía en el horizonte el muro de contención que para la implantación de políticas ultraliberales suponía el «socialismo real».

Los partidos socialistas y socialdemócratas tenían que hacer frente, casi en solitario sin el poder que tuvieran antaño los partidos comunistas occidentales en la movilización social, a las agresiones y a los recortes de la derecha.

Esa situación conduce, en los años noventa, a un fortalecimiento, en Europa, de los partidos conservadores, de la derecha en sus distintas formas, y a un retroceso de la izquierda en los siguientes términos:

o De un lado, los partidos comunistas inician una reconversión acelerada, en busca de nuevas señas de identidad. En unos casos se constituyen nuevas formaciones como Izquierda Unida en España, o El Olivo en Italia, en otros se mantienen con una actitud nostálgica de lo que fuera el bloque soviético y en otras partes se disuelven en movimientos sociales antiglobalización.

o De otro lado, la Internacional Socialista inicia un proceso de crisis ante la falta de un modelo alternativo de sociedad que sea homogéneo. Las dificultades que presenta la nueva situación generan posiciones favorables a incorporar elementos de liberalismo a la política socialdemócrata. El «socialismo liberal», la llamada «tercera vía», las posiciones favorables a una reinterpretación del estado del bienestar planteando políticas de recorte de las conquistas sociales son indicios de una crisis de largo alcance a la que no escapan los sindicatos y cuyas consecuencias son, en este comienzo de siglo, todavía visibles. Podríamos decir que en la socialdemocracia «se ha incrustado el pensamiento liberal».

o De ese modo, se imponen, en algunos Partidos socialistas, soluciones parciales o salidas específicas para cada país que poco tienen que ver con una concepción internacionalista y solidaria, moderna, progresista y favorable a la paz, que habían sido las señas de identidad de la Internacional Socialista. La política económica pseudoliberal de Schroëder divide al socialismo alemán del mismo modo que la incompresible e inadmisible política belicista de Blair abre una crisis sin precedentes en el laboralismo británico. Las posiciones en Francia respecto a la Constitución Europea no sólo dividen al socialismo francés, sino que enturbian el futuro de la Unión de los 25.

Y esto me lleva a poner sobre la mesa la evidencia más clara de esa crisis. Y no es otra que la situación de anomia, de confusión que se está viviendo en la Unión Europea. La falta de una política unitaria del Partido de los Socialistas Europeos, reflejo de la convivencia de varias políticas dentro de la Internacional Socialista, está, junto a la ofensiva de las posiciones más conservadores, en el trasfondo de esa situación, en la victoria del No a la Constitución Europea en los referéndum de Francia y Holanda. ¿Hemos discutido a fondo los socialistas europeos el alcance de las políticas sociales de la Constitución Europea? ¿Hemos trabajado de firme por recomponer la Europa Social que dejó apuntada Delors para reflejarla, íntegra, en el texto constitucional?

Esas preguntas, que no prejuzgan nada, son claros indicadores de la necesaria reflexión colectiva de la izquierda. Reflexionar sobre ellas desde la socialdemocracia, desde los sindicatos, desde los movimientos sociales antiglobalización es, hoy, apostar decididamente por una izquierda transformadora, racional y democrática.

Hoy, desde la crisis ideológica y desde la crisis europea, no podemos olvidar que Europa apareció como un ideal sustitutivo establecido sobre todo en lo que Europa podría ser, más que lo que Europa es, hasta el punto que se transforma en un ideal prioritario que podría justificar concesiones ideológicas importantes hasta pensar, que es lo único que queda aunque no corresponda ni a sus objetivos ni a sus deseos.

Ante la evidencia de estas coordenadas tenemos que señalar al neoconservadurismo desde las distintas plataformas políticas en las que está ubicado como el pensamiento políticamente correcto, que no es sino formas de legitimación de un capitalismo que recorta avances, que impulsa la guerra, que intenta subliminalmente limitar las libertades, y debilitar el estado del bienestar.

Pero hay otra pregunta que, también, debemos hacernos. Se refiere al funcionamiento de los partidos, al modo de relacionarse éstos con la sociedad y a la visión de un estado del bienestar fuertemente eurocentrista, es decir, que olvida la situación del Tercer Mundo.

La quiebra del modelo del llamado socialismo real y el cuestionamiento del «estado de bienestar» en que vienen insistiendo los liberales, los conservadores, y algunos sectores del socialismo democrático, exige una reflexión de fondo sobre el papel de la izquierda en Europa y en el mundo.

Una reflexión que ha de tener en cuenta factores nuevos. La clase trabajadora de hoy no es la clase obrera de los años cincuenta o sesenta. Se ve condicionada por la irrupción de las nuevas tecnologías en la producción y por el papel cada vez más decisivo de los medios de comunicación social.

Una reflexión que tiene que tener en cuenta, también, los cambios que se están produciendo en el tejido productivo, tales como:

o La sustitución de las grandes concentraciones industriales de los 60/70 por centros productivos más pequeños y tecnológicamente más avanzados (eso es algo que estamos viendo en Asturias, o en otras ciudades que antaño tuvieron grandes industrias navales o siderometalúrgicas) y, cuando no, por ciudades en las que predomina una población de prejubilados en edad laboral a la que hay que encontrar un lugar activo en la sociedad.

o El papel cada vez más relevante de la formación y de la cualificación como parte de la fuerza productiva.

o Los cambios que se están produciendo en la estructura social, con una cada vez más amplia franja de población que se integra en los llamados «sectores intermedios», con la paradójica presencia, a la vez, de bolsas de marginación y con la consolidación y ampliación, hasta niveles no imaginados antes, del fenómeno de la inmigración.

Todo ello configura una realidad nueva en el ámbito europeo frente a la que la izquierda no puede permanecer pasiva.

Si a ello añadimos el creciente protagonismo de la mujer y el desarrollo, hasta extremos inimaginables hace sólo diez años, de una realidad globalizada y globalizadora cuya expresión es Internet en lo comunicacional y los grandes flujos de inversiones (con secuelas de deslocalización de empresas, de deterioro del empleo en occidente) en lo económico, podemos darnos cuenta que el mundo está cambiando con mucha mayor rapidez que la conciencia crítica de la izquierda, que el debate y la reflexión de la socialdemocracia. La realidad va varios años por delante de la teoría y de la práctica política.

Hay, junto a todo lo que vengo apuntando, otro factor decisivo en la conciencia de las sociedades del siglo XXI, incluida la española: en los últimos años, los ideólogos de las posmodernidad y del neoliberalismo tecnocrático han venido extendiendo la idea de la inexistencia de diferencias entre la izquierda y la derecha.

Desde una concepción tecnocrática de los gobiernos, se tiende a hablar de soluciones «técnicas» despolitizadas, desideologizadas. No habría, desde ese punto de vista, ni derecha ni izquierda.

Eso quiere decir que ser de izquierdas, hoy, significa combatir con firmeza esa concepción que ha sido la base, en otros tiempos, de posiciones próximas a regímenes autoritarios cuando no resueltamente fascistas.

Pero la realidad nos dice que la izquierda y la derecha, con nuevas formas a veces y con formas tradicionales otras, sigue existiendo.

Norberto Bobbio, en su libro «derecha e izquierda» dejó escritas algunas verdades que no por evidentes (o de sentido común) no deban ser subrayadas.

Primera verdad de Bobbio: «Como derecha se puede considerar a aquellas fuerzas que se ponen al servicio de los intereses de las personas satisfechas. Los otros, los que se sienten y actúan desde el punto de vista de los pobres, de los condenados de la Tierra, son y serán siempre de izquierda».

Segunda verdad: «En nuestro tiempo, todos los que defendían a los pueblos oprimidos, los movimientos de liberación, las poblaciones hambrientas del tercer mundo, eran de izquierda». En este tiempo, añado yo, también.

Tercera verdad: «Quién cree que las desigualdades son un fatalismo, que es preciso aceptarlas, y piensa que desde que el mundo es mundo siempre fue así y no hay nada que hacer, siempre estuvo y está a la derecha. Así como la izquierda nunca dejará de ser identificada con los que dicen que los hombres son iguales, que es preciso levantar lo que está en el suelo, en el fondo, creo que esta distinción existe, continúa siendo fundamental, aún hoy sirve para distinguir los dos lados de la política».

Cierto que son afirmaciones de sentido común. Pero que responden a una realidad que antes he descrito y que, de alguna manera, nos encontramos todos los días sin que las soluciones que apuntamos den respuestas eficaces y duraderas.

Las demandas de igualdad de oportunidades, de reequilibrio social y territorial, de redistribución de la riqueza, de empleo digno y estable, de servicios universales y eficaces, de mecanismos de protección de los más débiles, de integración de la inmigración y de los amenazados de exclusión, siguen siendo, pese a los profundos cambios que antes he apuntado, exigencias de la sociedad y paradigmas de la acción política de la izquierda, de los socialistas. Son apuestas de una radical modernidad, que miran hacia el futuro. Compartirlas, trabajar por hacerlas realidad es ser, hoy, de izquierdas.

El discurso y la práctica neoliberales, sin embargo, van en la dirección contraria: fiarlo todo a la lógica del mercado y convertir derechos (sanidad, educación, vivienda) en fuente de negocio. Eso conduce, como se demostró en Gran Bretaña en la era Tatcher, y en la Francia de los sucesivos gobiernos Chirac, al debilitamiento del estado del bienestar, a reducir los niveles de protección de los ciudadanos y trabajadores, a acentuar, en definitiva, las desigualdades.

Sobre todo, es necesario insistir en ello tras el bloqueo del proceso constitucional europeo, una parálisis que expresa, más que una voluntad antieuropeísta, el descontento colectivo hacia una posible reducción de los niveles de protección conseguidos por el modelo europeo y un estado de desconcierto ante la irrupción de nuevos socios con una importante «cartera de inmigrantes» y de demandas de inversiones en infraestructuras.

En España, el discurso neoliberal y neocon se manifiesta, en los hechos, en la práctica política del Partido Popular, cuyos efectos, en sus ocho años de gobierno, fueron devastadores en áreas de tanta importancia como la Educación, la Sanidad, el sector públicos (con privatizaciones tan emblemáticas como Telefónica), que también tienen muestras de comprensión en el seno de la izquierda, por quienes defienden soluciones marcadamente liberales frente a las propuestas con un mayor contenido igualitario.

Ser de izquierdas, hoy, significa, también, ser plenamente conscientes de que la izquierda se expresa de una manera plural. En otras palabras, que en España esa pluralidad, en lo político, se expresa, en lo esencial, en dos formaciones: Izquierda Unida y PSOE. Es obvio que entre ambas existen diferencias de carácter ideológico. Pero lo es también que esas diferencias no pueden nublar las coincidencias estratégicas de la izquierda: con independencia de su interpretación, principios como la lucha por la igualdad, la solidaridad, las políticas de bienestar, la prevalencia de lo público, la lucha por la profundización de la democracia y por potenciar la participación en el desarrollo de las políticas, etc.…son amplios espacios de coincidencia que nos identifican como fuerzas políticas convergentes frente al adversario principal: la derecha, el Partido Popular.

Ser de izquierdas, hoy, significa defender con firmeza, y si es necesario, con la movilización social, la autonomía de la política frente a la influencia y a las presiones de otros poderes, casi siempre poderes no elegidos: económicos, financieros, mediáticos.

Ser de izquierdas hoy, significa apostar por el reforzamiento de la democracia interna de los partidos y por la revisión en profundidad de los sistemas de elección y selección interna, de tal modo que a los cargos públicos se acceda democráticamente, mediante primarias en unos casos, mediante procesos democráticos transparentes en otros, por principios basados en el mérito, la capacidad, los conocimientos, la entrega, la honestidad y la experiencia contrastadas.

Aunque en el seno de mi partido se ha avanzado mucho, todavía se ponen en evidencia defectos que hemos de superar. No tenemos ningún derecho a hacer pagar a los ciudadanos nuestros errores, nuestras insuficiencias.

Norberto Bobbio, en su libro ¿Qué socialismo? Resaltó los que tal vez sean los mayores problemas a los que han de hacer frente las sociedades democráticas avanzadas, España entre ellas, a la hora de prestigiar y legitimar sus sistemas de representación ante los ciudadanos. Estos serían la indiferencia política, el apoliticismo y la falta de participación. Ser de izquierdas hoy significa trabajar a fondo por resolver, a favor de una profundización de la democracia, ambos problemas.

El apoliticismo tiene en su origen una idea de raíz autoritaria (en España fue muy propia del franquismo) que consiste en considerar que, en política, «todos son iguales» y que se vote a quien se vote todo va a seguir igual. Eso conduce por vía directa al desprestigio de la política, a la deslegitimación de las instituciones y, por derivación, de los partidos. Es decir, a que avance la derecha.

El segundo (es decir, la falta de participación) tiene en su base la idea del partido como ente separado de la sociedad, en el que sólo los iniciados, una vez elegidos, deciden hacer, a lo largo de la legislatura, con su representación lo que consideren oportuno, al margen de la voluntad ciudadana. Es decir, relegar la participación de la ciudadanía al acto de depositar, cada 4 años, el voto en la urna.

La persistencia de ambos factores pueden conducir a peligrosas situaciones, contrarias, en todo caso, a las concepciones de fondo del socialismo democrático y de toda idea de progreso (es decir, de la izquierda), además de contribuir a poner en duda la legitimación democrática del sistema.

Será necesario evitar, que lleguemos a una situación en la que una franja importante de ciudadanos se desentiendan de la política.

O que se produzcan, gradualmente, la expulsión de la toma de decisiones –de la participación política- de los sectores sociales más desfavorecidos.

La alta abstención en algunos procesos electorales es un claro indicador de ese proceso. Ser de izquierdas, hoy, significa también combatir la desidia, incentivar la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones, Potenciar la democracia, en definitiva, hacérsela visible a los más jóvenes, demostrarles que el voto sirve (el ejemplo de Zapatero con la vuelta de las tropas de Irak es más que ilustrativo), que cumplimos lo que prometemos y que sin su participación otros harán la política que les interesa a los económicamente más poderosos.

John Galbraith, en su libro «La cultura de la satisfacción», afirmaba, hace más de una década, que la democracia americana estará deslegitimada mientras no se consiga hacer protagonistas de ella también a los que no votan por considerarlo inútil, a los expulsados del bienestar, a los que consideran que los políticos «les engañan» permanentemente,

Si esa realidad es lo suficientemente conocida en lo que se refiere a EE. UU., en Europa ha tomado, en ocasiones, perfiles preocupantes: los altos niveles de abstención en las elecciones al Parlamento Europeo, o los que se anuncian en próximos referendos sobre la Constitución, deberían ser un motivo de permanente reflexión para quien se reclame, hoy, ideológica y políticamente de izquierdas. Para el Partido de los Socialistas Europeos y, sin ninguna duda, también para la Internacional Socialista. Y, desde luego, para el Partido Socialista Obrero Español y para Izquierda Unida. Y, como no podía ser de otro modo, para los sindicatos de clase como UGT y Comisiones Obreras.

He hablado del SER, porque ese es el rótulo del ciclo y respeto obliga, pero permítanme una consideración lógica en la lógica de Salvador Mañero.

EL SER: Concepción judeo-cristiana, que puede llegar a instalarnos como sujetos de un discurso confortable, pero desconectado de la realidad y por tanto no transformador, atrincherándose, si es necesario, en una pura retórica protestataria.

El ESTAR: Supone un compromiso colectivo asumido voluntariamente en el marco de un proyecto transformador de la realidad.

Estar, pues, en la izquierda hoy obliga a no rendirse al culto del progreso cuantitativo y prestar atención precisa y pormenorizada a los aspectos cualitativos de la vida que preconfiguran y determinan las condiciones de vivir desde la desigualdad ante el empleo hasta el saber, el poder, la salud, en suma la vida misma.

A la luz de los valores que he señalado, entiendo que la posición de izquierda viene definida por la capacidad analítica que de la realidad se alcanza.

Un ejemplo:

En pleno franquismo, estando Severino Arias en la cárcel de Segovia, le visité para atender una ciática, de allí saqué un documento elaborado por dirigentes de partidos y sindicatos de la izquierda dirigido al Congreso de Abogados jóvenes de León, largos folios y una sola conclusión: LIBERTAD, no para ellos sino PARA TODA LA SOCIEDAD. Me recordaba entonces y hoy EL LIBERTAD PARA SER LIBRES, tal como en su día señaló Fernández de los Ríos

Muchas gracias.